Sobre las emociones en las organizaciones

No he encontrado una poesía que hable de la emoción, ni tampoco una pintura, ni ninguna expresión artística de las emociones. Pero el hecho es que desde hace un tiempo, ya tiempo, se viene hablando de la emoción, de las emociones de las personas que viven y trabajan en las organizaciones.

 

 El discurso que se pretende alumbrar, es el de que las emociones son parte fundamental de la constitución de las personas y se manifiestan en sus conductas. Es por esto que me parece oportuno compartir en el co-taller, un texto que hable sobre la emoción.

Pero no convertiré este espacio en un tratado de neurofisiología y, por eso, no diré que las emociones tienen un componente “experiencial”, es decir, que la emoción se vive como una experiencia y que como tal resulta irrefutable para cada persona por mucho que después se reflexione sobre ella.

Tampoco diré que las emociones se originan en “la amígadala, el sistema límbico, el hipotálamo,…” antes de que llegue al cerebro pensante, antes de la corteza cerebral. Los sentimientos (a veces las conductas) generados desde esos sistemas, pueden ser valorados, posteriormente, y tal vez modificados, generando así nuevos aprendizajes.

No me extenderé sobre la filogénesis de las especies ni al hecho de que compartimos con los reptiles las estructuras más profundas (el tronco cerebral) que interviene en las emociones: la alimentación, la huida, la evitación del dolor, la lucha y la búsqueda del placer.

Así que no hablaré de las conexiones entre la amígdala y la neocorteza, ni tampoco sobre el por qué de la velocidad con que se produce la respuesta emocional respecto de una respuesta reflexiva.

No abundaré sobre esta respuesta de la emoción, ¡tan veloz!, que ha permitido durante más de doscientos millones de años de evolución de las especies,  sobrevivir a los peligros imaginarios o reales. Este es el llamado cerebro emocional, el sistema límbico, que aún nos dirige en nuestras conductas de enamoramiento y de identificación a las imágenes, a los líderes…

Y para no seguir hablando de todo este soporte de nuestras conductas, no añadiré que nuestro sistema límbico está en permanente comunicación con la corteza cerebral y esto explica que tengamos control sobre nuestras emociones.

Yo quería hablar de las emociones y de cómo participan permanentemente en nuestras vidas. Las emociones son lo primero que se regula durante el proceso de socialización, ya en la primera infancia. ¿Qué es lo que se puede sentir, qué hay que ocultar,…? En la edad de la enseñanza (que hoy llaman educación), las emociones son totalmente prohibidas casi tanto o más que en la edad laboral, en la que la relación con los demás se basa sólo en el trabajo-trabajo.

Las personas somos fundamentalmente emocionales. Esto es lo que ¡al fin! ha demostrado la ciencia. El primer impacto que recibimos en cualquier relación, sea esta del orden que sea, es emocional. Nuestros deseos nacen de esta esfera en la que nos vemos actuando desde la emoción. Significa movimiento hacia algo (movere). Nos percatamos de ellas, las racionalizamos, después de haberlas sentido y nos sitúan ante nuestros actos de forma favorable o desfavorable; y esto se “nota”.

Podemos negar nuestras emociones, pero si después de esto, y por presiones ambientales, las tenemos que afirmar, podemos tener la seguridad de que el acto consecuente será desagradable, no nos reportará bienestar y probablemente, el acto en sí, será una chapuza. Y no nos moverá a la acción, sino a la resistencia, buscaremos el bienestar el otros lugares, en definitiva, recurriremos a la huída (otro mecanismo emocional).

Casi toda la civilización se ha basado en la domesticación de las emociones, en la eliminación del principio del placer que diría el viejo Freud para sustituirlo por el principio de realidad. ¿Pero qué realidad es la que se predica?; os dejo las respuestas.

A la emoción se le niega un lugar en la vida de la persona y, por tanto, ese afecto no se puede manifestar. Lo que se manifiesta entonces es los “efectos” de esa negación y así, no debe sorprendernos que las personas llevemos una vida partida en trozos: una cosa el trabajo, otra cosa la diversión, el trabajo como una maldición, el descanso como lo más alejado del trabajo,… Si fuese tan fácil hacer este reparto… pero no lo es. La persona es una, única, sin copia posible y, consecuentemente, no puede funcionar por departamentos, por horarios.

¿Cabe una cultura e la que la emoción pueda manifestarse en las diferentes actuaciones de las personas?

Las emociones son la base de las relaciones entre los seres humanos. Están en los grupos informales, en las reuniones de amistad, en las celebraciones, en los txokos, en los grupos de música y no son disruptivas, se acomodan a la finalidad de la actividad.

Creo que uno de los graves problemas de esta civilización es esta negación de la emoción. Afortunadamente, ahora se la valora como una parte integrante de la acción humana (pensamiento=>emoción=>acción. ¿Os suena?). ¿Podemos imaginar un pasaje desde el pensamiento a la acción sin poner nada del sujeto en ello, sin emoción? ¿Qué tipo de sujeto obtendríamos en esa ecuación?

Besos

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Arbela. Bideak Eginez.