El comienzo de un cuento…

En el marco del taller sobre nuevas formas de consultoría, tengo el compromiso de contar un cuento. ¡Debe ser que me vieron cara de cuentista!

El caso es que para esta nueva edición no quería ni volver a utilizar el primero: El despertar de Sofía, ni continuarlo. Aquella historia está para ser seguida por cada lector, si quiere y cómo quiera.

Así que, coincidiendo que el viernes pasado iniciamos una sesión de trabajo, aproveche para cerrarla con la primera entrega de este nuevo cuento que también promete ser inacabado. Tengo el título pensado pero no lo revelaré hasta la última entrega allá por el 5 de marzo.

ERASE UNA VEZ…

que una mañana de Enero, en los aledaños de Bilbao se celebraba un taller de trabajo sobre nuevas formas de consultoría. Lo rimbombante de su nombre atrajo a una generosa audiencia.

A medida que llegaban las personas se producían los saludos de rigor y en esto que coincidieron cuatro viejos amigos que no se veían desde los tiempos del colegio. La vida les había separado y, ¡hete aquí!, que de repente les había vuelto a reunir. Enseguida quedaron para comer en cuanto concluyera aquella sesión.

Empezaron las dinámicas y hubo una de ellas que trataba de ahondar en las causas de satisfacción y malestar de las experiencias de cada uno ellos.

Hubo un momento, cuando se hablaba de malestares, que casualmente los cuatro cruzaron sus miradas. Miradas que hablaban mucho más que las palabras. Algo se quedó congelado en aquel punto. Aunque la sesión prosiguió el resto de mensajes quedaron diluidos. ¿Qué estaba ocurriendo?.

Terminada la primera sesión fueron a comer juntos a un restaurante cercano y pidieron un reservado para poder hablar con toda confianza de sus mil historias.

Sin embargo… algo había ocurrido en aquella sesión que aún flotaba en el ambiente.

– ¿Qué os pasa?- preguntó Jon, tratando de animar a sus compañeros que estaban un tanto pensativos.
– Veréis, dijo Miren. Resulta que cuando hemos hecho el ejercicio sobre las causas de nuestros malestares me he dado cuenta de que mi trabajo ha discurrido totalmente ajeno a los sueños con los que inicié mi profesión.

Los demás continuaron con su silencio.

Jon empezando a ponerse nervioso, quiso quitar intensidad a aquella situación y comentó:

– ¡No seáis membrillos!, que todos hemos progresado en la vida y tenemos éxito ¿De qué os quejáis?
– …
Nuevamente silencio… Esta vez ni Jon se atrevió a interrumpirlo.

Al de un rato Miren empezó a contar una historia:

El mes pasado trabajé como consultora en una gran empresa dinamizando un equipo para mejorar el servicio de atención al cliente. Para mí aquel proyecto era pan comido. ¡cuantos habré hecho similares!.

Hablé con el gerente sobre cual era la política de la empresa, sus objetivos, el plazo y los recursos para hacer el trabajo…

El gerente me propuso la presencia de cuatro personas muy cualificadas. Yo sugerí incluir también en aquel equipo a la persona que esa misma mañana había visto tan risueña y con tanta vitalidad en la recepción. El gerente puso cara de extrañeza porque una persona de tan baja categoría participase, pero en un gesto de confianza hacia mi, dio su visto bueno.

Empezamos a trabajar y Lucía, así se llamaba la recepcionista, resultó ser una joya, llena de iniciativa, de buen humor, de imaginación. En cuanto le brindaban una oportunidad, estaba dispuesta a aprovecharla.

Cuando concluimos el trabajo y en reconocimiento a la aportación de Lucía, decidimos que fuese ella quien expusiese las propuestas y las conclusiones.

Inicié yo la sesión de presentación de resultados y al de poco le di la palabra a Lucía. El gesto de incredulidad del gerente no paso desapercibido para nadie.

Lucía no se amilanó e hizo una exposición muy digna.

Al concluir todas las miradas se dirigieron al gerente que empezó a cuestionar directamente a Lucía sobre la viabilidad de aquellas propuestas. Por el tono agresivo que se desprendía de sus preguntas se apreciaba que allí había algo personal. Era como si lo más relevante de aquella presentación fuese que una humilde recepcionista se hubiera atrevido a plantear propuestas de cambio que cuestionaban las maneras de tratar al cliente que el propio gerente había instituido hacía ya muchos años.

Después de varias preguntas que más parecían descalificaciones, el gerente comentó que aquellas propuestas no estaban alineadas con la política de la empresa y me echó una mirada de desaprobación por no haberme dado cuenta antes.

Los cinco integrantes del equipo se quedaron helados y la cara de Lucía era un poema.

Y yo no dije nada… es más, convine con el gerente que había que revisar las propuestas.

Dos semanas más tarde volví para otro encargo de dinamización de otro equipo. Al entrar no le ví a Lucía. Al salir con un poco de culpabilidad pregunté por ella. Me dijeron que estaba de baja por estrés.

Levantando Miren la mirada por primera vez desde que había empezado a contar el relato les preguntó a sus compañeros:

– ¿Os acordáis cuando en el colegio hicimos los alumnos aquella propuesta para flexibilizar los horarios de la biblioteca, que bronca nos echó el director?
– …

De nuevo silencio

Continuará…

One Response to “El comienzo de un cuento…”

  1. La verdad es que ultimamente estoy siguiendo este blog, por la tematica y los temas que tratais. Yo desde mi experiencia en este mundo de la consultoria tengo que hacer un comentario a este “cuento” que mas que un cuento es una realidad en la que nos toca trabajar. Lo cierto es que experiencia similares a lo contado aqui las he tenido y mi respuesta (que añado que cayo en saco roto) es que habia que aprovechar el potencial de todas las personas de la organizacion…simplemente por terminar mi aportacion, es que me he visto retratado.

    Un saludo

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Arbela. Bideak Eginez.