Hacia una nueva consultoría (¿conceptual?)

Tras la brillante exposición de José Luis Jiménez Brea y tras reponer fuerzas en un breve descanso proseguimos con nuestro debate para explorar nuevos modos de intervención desde la (no)consultoría.

Por pequeños grupos desgranamos diversas conversaciones en las que fueron identificándose diversas metodologías y propuestas de intervención.

Me llamó la atención que las propuestas que se hacían para casos de transformación eran en muchos casos las mismas que han sido para otro tipo de proyectos.

¿Será que solo cambia la etiqueta pero no cambia la manera profunda de hacer?
¿Será que cambios sutiles en la manera de hacer puede hacer que todo cambie en un nivel más profundo?
¿Serán resistencias para no salir de lo conocido?
¿Será que sigue faltando profundizar en la lógica del sistema actual y de una propuesta alternativa?
¿Será que yo no me enteré de nada?

Desde luego una cuestión que subyacía a los debates es cual es el (nuevo) rol del consultor en estos procesos de cambio profundo.

Surgía una pregunta incomoda ¿cómo se da el SALTO para desarrollar todas estas cuestiones en la “vida real” (sic)?

Aparecían en los extremos dos posturas contrapuestas (¿llamadas a integrarse?):

– Las herramientas mejor olvidarlas (Mejor desaprender y empezar de nuevo sin vicios perniciosos)
– Las herramientas siguen siendo de gran validez (¿para qué perder unos instrumentos que demuestran día a día su utilidad?)

Se hablo de la importancia de la transparencia, se alertó de la farsa de muchos gurús que se suelen pasar de moda, de descartar aquellas herramientas basadas en el control…

De la importancia de activar conversaciones que pongan encima de la mesa las cuestiones que preocupan (para afrontarlas) y las que estimulan (para hacerlas objeto de deseo).

Cuando estaba en pleno debate (¿o era crisis?), Alfonso Vázquez apuntó una idea que me parece clave: Todas las historias se cuentan por el final, por lo que el relato oculta muchas cuestiones que han ido apareciendo por el proceso y que pueden llegar a malinterpretar la experiencia.

Criticó los procesos de “mejora continua” por insuficientes cuando la propuesta de cambio es ambiciosa. Su propuesta es movilizar la organización a través de procesos amplios de participación.

En contra de quien pide “recetas” y quiere tener el proceso “previsto”, “planificado”, él apuntó que estos procesos cuando se inician no se sabe cómo van a discurrir. De hecho el resultado siempre es un proceso de sedimentación de múltiples factores que van aflorando.

Tratando de llegar al meollo de la cuestión, expuso que la génesis de estos procesos de transformación es POLÍTICA, esto es, es una composición de movimientos, alianzas, despliegues, repliegues…Todo el proceso de basa en cómo se crean desequilibrios y reequilibrios de poder (no en un sentido estructural sino cómo capacidad de influencia). Se trata de que el poder de las personas para actuar crezca

El proceso de transformación no es un modelo predeterminado sino que es emergente, surge de la propia experiencia por eso es una catástrofe querer metodizar una experiencia. Precisamente porque es castrar la potencia del proceso, es todo lo contrario a su despliegue que probablemente fue una dinámica caótica donde el deseo de sus actores protagonistas va desplegándose (desde la inmanencia).

La paradoja es que entrando en la comprensión de los conflictos, los solapes, las contradicciones, las luchas de poder… puede aparecer lo nuevo, lo que supera la realidad anterior. Activando las mentes, los sentimientos, la capacidad de acción las posibilidades de desarrollo se amplian.

Tras esta reflexión quedaron flotando en el ambiente varias preguntas:

– ¿Cuál es la posición del consultor ante esta realidad emergente?
– ¿de que maneras la intervención es más facilitadora?
– ¿Cuál es el rol del consultor?

Terminamos con un cuento, pero de eso hablaré otro día

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Arbela. Bideak Eginez.